LO QUE QUEDA CUANDO LA PINTURA SE SECA

Hace unas semanas estaba en Carlos Lyon con Pérez, en el cerro Cárcel, con una brocha en la mano y una pared enfrente. Era parte de la última versión de Valparaíso Cerro Abajo. Activé con la junta de vecinos la posibilidad de participar pintando un mural dentro del circuito. Nicko pensó en la serpiente, porque en Valparaíso los caminos no van en línea recta: suben, bajan, doblan, desaparecen. La serpiente era el camino de la idea.

Tricolor puso los materiales. Nosotros pusimos el criterio.

Hubo un momento, arriba de la escalera, con la lata apuntando y la ciudad abajo, en que sentí algo difícil de nombrar pero que reconoces cuando pasa: que lo que estabas haciendo importaba. No por la marca, no por el evento. Sino porque la gente que iba a pasar por ahí lo vería brevemente, arriba de la bici, por la tele, en un flash. Breve pero eterno.

Hace un par de días volví al barrio donde viví antes, el edificio Velamar, y me encontré con que habían pintado la casa de enfrente de un fucsia evidente, de esos que solo existen en Valparaíso. Me quedé un rato mirándola.

Pensé en la fugacidad. En cómo los lugares cambian mientras uno no mira. En cómo dejar algo en una pared es, de alguna forma, pelearle a eso.

El mural tomó tres jornadas. El día de la carrera, los riders pasaron por ahí a más de 40 km/h antes de bajar por la escalera hacia la plaza Bismark.

Quedó en la transmisión. Quedó en el cerro.

Eso, para nosotros, es un trabajo bien hecho.

@somosdisrup